miércoles, 8 de mayo de 2013


 

 

BELLEZA (¿ROBADA?) , en la rodada.-

 

 

Salí de casa con cierta prisa, aquella media tarde de primavera, pues ya me había escaqueado varios días de mi obligación de hacer algo de ejercicio. Quería olvidarte  y  no quería. También a ratos pensaba en una amiga marroquí. Bajé por la escalera principal, y siguiendo una rutina habitual en mí desde niño, miré por una de las ventanas que daban al patio interior. Al ser un piso alto, se divisaba claramente el cielo, y al dirigir mis ojos hacia arriba, me salió una exclamación del alma:- “Vaya por dios, otro día sin una maldita nube, y sin visos de llover”.”Otro día sin oír tu voz”, pense despues. Aunque en realidad  yo no sabía si la oía o no , porque tu voz estaba siempre conmigo desde que la escuché la primera vez. Todo un desierto azul se extendía impoluto en lo alto, sin una mancha que lo violara, virgen y nuevo como un bebé que renaciera cada día y nos adormeciera con su luz plácida, cansina.

 

Empecé a andar despacio, y luego progresivamente más deprisa. Comencé por correr en los pasos de peatones, que cada vez duran menos en verde, y son un acicate para salir de nuevo corriendo, como un tiro. Tenía una energía desconocida en mí, aunque no tan exagerada como en la anterior ocasión, y menos todavía que el antepenúltimo día de ejercicio. Normalmente iba al Retiro a correr, pero ese día tenía que ver unos libros para mi hermano, para un proyecto de negocio con el que soñaba ilusionado.

 

Cada vez iba corriendo con más soltura, alternando con momentos de descanso en que andaba deprisa, o me paraba en algún escaparate que me llamaba la atención. Luego volvía a la faena con más ganas, con los músculos más calientes y engrasados. Corría como a golpes, alternaba la carrera continua con pequeños esprints, y a veces me figuraba ser una rana, un caballo desbocado, o un gran saltamontes con larguísimas patas. Llegué a la tienda, pregunté lo que me interesaba y reinicié el camino de vuelta, desde esa calle cercana al parque. Al volver a casa me asaltó el desasosiego y la tristeza de volver a la lucha. De pelear contra la desidia , contra lo que yo creía fatalidad de pensar en ti como algo que el tiempo iba robando, al irnos añadiendo años, minutos, segundos, horas, ausencias , silencios. Años que podían convertirse en distancia peligrosamente, aunque  si manteníamos, si lo lográbamos, una cierta  conexión, maduraría nuestra  historia como en la cercanía de las cosas conocidas con las que nos encariñamos. Tan cotidianas, como la luz que entra por la ventana de amanecida.

 

Me  puse el video de “Amor Eterno”, esa expresión que tan poco te gusto siempre, y te imagine como una belleza humana, robada por la casualidad maldita. Sentí un súbito impulso de llamarte. Era ya una hora invadida por la penumbra. Marqué tu numero, y después de los toques de rigor, sonó una voz que no era tuya. Quizá tu madre.

 

—No, es que  ha ido a pasear al sitio de casi siempre.

 

Me volví a vestir como un loco, corriendo esta vez, no por ninguna afición al ejercicio gratuito, sino por el presentimiento de la necesidad de encontrarnos.

No vivíamos excesivamente lejos, pero encontré un taxi y lo  cogí.

 

—A los Bulevares.

 

Se me hizo un mundo el corto camino. Al ir llegando, le dije que parase  por la zona que ya me era tan familiar. Baje y empecé a buscar, a buscar más y más, corriendo de nuevo a ratos como un  poseso, y a buscarte  con la mirada por todas partes. Después de buscarte tanto, con el afán y el ansia que caben sentirse en muchas vidas, me pareció vislumbrarte en la luz tibia de la iluminación nocturna. Paseabas embutida en tu abrigo gris, para evitar el relente de un inicio frio de la primavera, y te cubrías la cabeza con la boina granate de otras veces. Eras como una aparición, bajo la luz de las farolas amarillas.

Detuve mi  frenesi perseguidor. Te grite algo para hacerme notar. Luego grite tu nombre, pero no te volviste en seguida. Cuando lo hiciste, sonreías de manera enigmática. Nos acercamos, tú despacio. Yo, por el contrario, no podía obviar ni retener mi prisa, aunque disimule algo. Nos abrazamos, no con la premura y el deseo enérgico y a flor de piel de otras veces. Fue algo más pausado y maduro. Entonces me besaste, como en una caricia silenciosa y dormida.

 

—Quizá me vaya al Cairo, a estudiar un postgrado de poesía egipcia. Qué remedio, algo hay que hacer  - me dijiste, encogiéndote de hombros.

—Qué casualidad, yo a lo mejor me voy a Marruecos, a estudiar la avifauna accidental, itinerante y rara. Sobre todo el tejedor de la sabana y el pájaro obispo negro y fuego.

—Y la verás a ella.

—Que la vea o no, no quiere decir nada. Lo mismo, supongo, que el que tú puedas ver a cualquier amigo allá en Egipto. Ni siquiera sé si está allí.

 

En el siguiente momento , nos miramos a los ojos, sabiendo que era el final de ese encuentro. Porque  nuestras miradas se perdían ya  volando  sobre la arena. Yo, con el corazón en vilo, ente un oasis y otro, juntando todos los del gran desierto, desde Mauritania hasta Tombuctú, y luego al otro lado del este egipcio. Para llegar despues al paraíso de esa ciudad delta ingente, llena de almas dispuestas a salvar al mundo con su dios, pero que yo no sabía si podrían salvar lo nuestro, solo con una luz. Con unos cánticos de puesta de sol, que fueran un himno a lo perdido. A lo que se puede volver a comenzar, desde el lugar de ninguna parte. Desde donde nacen distintos, los deseos del pasado.

 

 

 

APHU                                                                                  

2013-05-09                              de  Álvaro  P .  H.   para    Adriana

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