domingo, 3 de marzo de 2013


 

 

 

Has entrado casi  la ultima  a este recital

desafinado de mi vida, y has ajustado  las cuerdas,

los tonos de la guitarra  mía  con tus dedos

que aúllan  en mi piel cuando los sueño.

 

Como   todas las mujeres principales  que  bajan  por escaleras

nubladas de mármol, en las mansiones de formol

luces, témpanos, castañas, hogueras: anfitrionas del amor

a  las espaldas,  y  a los  ojos que miran como bocas,

eres  enigma  irresoluto  de  las noches.

 

Mientras escucho  tu voz, o la de la otra tú que me

Imagino  si no estás.

Una voz  que baja como una estatua desnuda,  con  toda

la  transparente  botánica  que afrodisiaca  el Olimpo,

deslizándote

por el tobogán  de gacela  de  tus curvas  atléticamente  dulces,

doradas quizá  por aires  septembrinos;  o más tarde por 

el   más cercano sol  de  montañas como espejos  reflectandote  calores

que  hacen música   en  tu cuerpo,

me  veo en el compromiso  de  aprender  a volar   con  la  mitad

de la gracia  y  el  ángel  de tus pestañas  anidadas.

 

Quizá  te pienso   a  veces en otras porque  pareces  tan  toda  que

me  enloquece  sentir  que  te quiero en todas las mujeres

que  son  tú, como  trozos del entero mosaico   de tu lengua.

Pero  solo eres tú, y nada menos, con el nombre de todas.

Y   todas ellas con tu nombre  de perla  de los arboles,

de muérdago  de  los arrecifes.

 

Hay un cielo mirándote siempre  que es todo de  ojos míos.

Es un cielo interior  que siempre está a tu acecho,

que te mira   como si me mirara  yo  al espejo, pero veo  algo

que  me gusta más que  ese  yo de  turbamultas,

porque  es el fantasma de tus besos.

Esos  que me miran desde tu espalda, como unos  omóplatos  de ave Fénix,

con  el color  de  cerveza  en tus  labios  y  tu sexo.

Siempre estoy  vigilante  porque tu cerveza   es  más fuerte que

todas,  y a mí el alcohol me atonta y más cuando

me entra con tu  táctica de camaleónica  gacela-galápago,

 mariposa  tutti-frutti  de  las  carballeiras.

 

Te  sigo, te seguí  vigilando desde el primer día tus alas  de lúpulo.

Y  las veo sobrevolando  mi ciudad de cejas  como una ola  de

Atardeceres  Inconexos, etílicos,  de  oleico  perfume  sin  tiempo.

 

Este tiempo solo  se hace  mayor en los pasillos  desvencijados

por  las  prisas, los saludos atascados  con  hastaluegos, 

pocas veces  tan deseados como ese día de Libertad,  infundida  en

mi cruz  de  eremita peregrino  sin   sendero.

 

Desde entonces  caminé perdido  a casa, y sigo buscándote entre  brazos

de  lianas  enredados  para   colgarme de tu  flor pasionaria.

 Esos tus  brazos  que me enredan  con el misterio  de su  tierra  aun desheredada

para  mí,

buscando  tu sombra  en el reflejo  estrellado  de todos

los charcos voladores, que dicen con  sus ojos  tu nombre.

 

 

 

 

 

de     Álvaro  P. Herrasti   para   O  P Triunfo

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