Has entrado casi la
ultima a este recital
desafinado de mi vida, y has ajustado las cuerdas,
los tonos de la guitarra
mía con tus dedos
que aúllan en mi piel
cuando los sueño.
Como todas las
mujeres principales que bajan
por escaleras
nubladas de mármol, en las mansiones de formol
luces, témpanos, castañas, hogueras: anfitrionas del amor
a las espaldas, y a
los ojos que miran como bocas,
eres enigma irresoluto
de las noches.
Mientras escucho tu voz,
o la de la otra tú que me
Imagino si no estás.
Una voz que baja como
una estatua desnuda, con toda
la transparente botánica
que afrodisiaca el Olimpo,
deslizándote
por el tobogán de
gacela de tus curvas
atléticamente dulces,
doradas quizá por
aires septembrinos; o más tarde por
el más cercano
sol de montañas como espejos reflectandote
calores
que hacen música en tu
cuerpo,
me veo en el
compromiso de aprender
a volar con la
mitad
de la gracia y el
ángel de tus pestañas anidadas.
Quizá te pienso a
veces en otras porque
pareces tan toda
que
me enloquece sentir
que te quiero en todas las
mujeres
que son tú, como
trozos del entero mosaico de tu
lengua.
Pero solo eres tú, y
nada menos, con el nombre de todas.
Y tú todas ellas con tu nombre de perla
de los arboles,
de muérdago de los arrecifes.
Hay un cielo mirándote siempre que es todo de ojos míos.
Es un cielo interior
que siempre está a tu acecho,
que te mira como si
me mirara yo al espejo, pero veo algo
que me gusta más que ese yo de turbamultas,
porque es el fantasma
de tus besos.
Esos que me miran
desde tu espalda, como unos omóplatos de ave Fénix,
con el color de
cerveza en tus labios
y tu sexo.
Siempre estoy
vigilante porque tu cerveza es
más fuerte que
todas, y a mí el
alcohol me atonta y más cuando
me entra con tu
táctica de camaleónica gacela-galápago,
mariposa tutti-frutti
de las carballeiras.
Te sigo, te seguí vigilando desde el primer día tus alas de lúpulo.
Y las veo
sobrevolando mi ciudad de cejas como una ola
de
Atardeceres Inconexos,
etílicos, de oleico
perfume sin tiempo.
Este tiempo solo se
hace mayor en los pasillos desvencijados
por las prisas, los saludos atascados con
hastaluegos,
pocas veces tan deseados
como ese día de Libertad, infundida en
mi cruz de eremita peregrino sin
sendero.
Desde entonces caminé
perdido a casa, y sigo buscándote
entre brazos
de lianas enredados
para colgarme de tu flor pasionaria.
Esos tus brazos que me enredan
con el misterio de su tierra
aun desheredada
para mí,
buscando tu
sombra en el reflejo estrellado
de todos
los charcos voladores, que dicen con sus ojos
tu nombre.
de Álvaro P. Herrasti
para O P Triunfo
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